Hay firmas que dentro de un sitio traen corbata y guantes blancos. Todo es “formas”, “respeto”, “aquí se habla bien”, “así no”, “eso no se permite”. Si alguien se sale medio centímetro, cae el silbatazo. Y siempre con el mismo ritual: postura correcta, frase correcta, tono correcto, como si el reglamento fuera Biblia.
Pero esa misma firma, en otros lados, se mueve como si el reglamento jamás hubiera existido. Ahí ya no hay guantes: hay garra. Se asoma un estilo que, si lo pegaras en el primer espacio sin cambiarle una coma, se autodescalifica. Es ese tipo de contraste que te deja pensando: ¿las reglas son para cuidar el lugar… o para cuidar el personaje?
Porque cuando ves a alguien repartir “cuidado con el trato” en un sitio y afuera andar tirando veneno con la misma soltura con la que aquí reparte sermones, el asunto deja de ser “convivencia”. Se vuelve un tema de escena y camerino. Y no hace falta ser detective: a veces basta con reconocer la voz. Hay frases que son huella digital.
También se nota en la vara. Un comentario dicho por X es “provocación”. El mismo comentario dicho por Y es “observación”. Una salida de tono de alguien es “falta”. La misma salida, en manos correctas, se disfraza de “broma”, de “carácter”, de “no exageren”. Y cuando la gente lo ve una, dos, tres veces, ya no pregunta “qué se permite”; pregunta “quién lo dijo”.
Lo más chistoso (y lo más pesado) es el efecto en cadena: el ambiente se llena de gente caminando de puntitas, no por educación, sino por instinto. Se aprende a escribir mirando el techo, por si cae un ladrillo. Se aprende a callarse cuando toca. Se aprende a aplaudir cuando toca. Y el que no aprende… aprende a golpes.
Por eso los roces se vuelven parte del paisaje. No por lo que se discute, sino por la sensación de que el piso no es el mismo para todos. Con eso basta. No hace falta decir nombres. La firma ya hace el trabajo.
Les dejo esta linda canción, bonito viernes e inicio de fin de semana.