Hablemos de una comerciante de arte experta en vender cuadros falsos. Su especialidad es pintar autorretratos donde aparece como una santa mártir, firmados falsamente por un antiguo artista que ya se retiró (su ex). En dos galerías locales, las curadoras —que parecen ciegas por conveniencia— certifican estas falsificaciones como auténticas y cuelgan los cuadros en la entrada principal, atacando a quien dude de la pincelada.
Pero hay una tercera galería en la ciudad donde esta comerciante entra de puntillas y jamás intenta vender esa falsificación específica. Resulta paradójico, dado su narcisismo comercial.
La incógnita es: ¿Se abstiene por respeto al arte, o será porque la recepcionista de esa tercera galería conoce al artista original desde la cuna (literalmente, sangre de su sangre) y podría oler la pintura fresca y el fraude a kilómetros de distancia?