Me contaron algo que me dejó pensando. Hay personas que cuando algo les molesta no lo hablan directo con quien lo dijo. Lo paran frente a todos y sueltan que cierta palabra ya no se les puede decir, que cierto tono ya no se usa con esa persona, que a partir de ahora se les trata como esa persona decide. Ya no suena a "oye, no me gustó eso", suena a "conmigo se hace así". Y el resto, para no quedar mal, empieza a pedir perdón en público, a jurar cariño, a prometer que no se repite. En ese momento queda entendido que esa persona ya tiene trato especial y todos lo aceptaron delante de los demás.
Luego viene la imagen limpia. Esa persona se presenta como alguien que no quiere problema, que lo de afuera ni le afecta, que lo único que dolió fue escucharlo de alguien cercano. Se coloca como "yo no hice drama, a mí me hicieron daño". Eso obliga a cuidarle, porque si no la cuidas quedas frío. El detalle es que al mismo tiempo esa misma persona sí se da permiso de hablar horrible del lado contrario, bajarle el valor al otro, dejarlo mal parado. O sea: conmigo nadie juega ni tantito, pero yo sí puedo hablar de ti como quiera.
Y si alguien del propio círculo repite una palabra que esa persona no aprobó, aunque haya sido sin mala intención, no se arregla en corto. Se hace delante de todos. Se le marca como que se pasó y se le hace disculparse ahí mismo para que quede claro quién manda el tono. Para mí, ese es el punto preciso donde ya no es "respétame", es "giren alrededor de mí". Porque ya no es sólo una molestia real, es usar esa molestia para que todo el ambiente tenga que caminar con cuidado alrededor de una sola persona siempre.