He estado haciendo un profundo examen de conciencia y debo admitirlo: tienen toda la razón. Soy un monstruo absoluto.
Mi crimen más oscuro y retorcido es… saber argumentar. Qué perversidad la mía: recurrir a la lógica, la redacción y la coherencia para exhibir sus contradicciones, en lugar de llorar en mayúsculas, inventar diagnósticos y victimizarme como hacen las personas “buenas”.
También confieso que discrimino terriblemente: distingo entre un argumento y un berrinche, entre una crítica y un chisme, entre una idea coherente y una sarta de faltas de ortografía. Imperdonable, lo sé.
Lo de “racista”, por supuesto, no viene acompañado de un solo hecho ni de una sola prueba, pero supongo que repetir una etiqueta es mucho más sencillo que demostrarla. Así funciona su tribunal: acusan, se aplauden entre ustedes y llaman argumento al eco.
Y sí, carezco de la empatía necesaria para compadecer a un grupo de adultos anónimos que dedica sus días a vigilar mi vida, deformar lo que digo y después llamarme “psicópata” porque no consigue intimidarme. Debe ser doloroso invertir tanto tiempo en alguien y seguir sin obtener la reacción que necesitan.
Pobres de mis amigos y de quienes me conocen en el mundo real: ellos tienen que soportar mi afecto, mi lealtad, mis logros y mi estabilidad. Ustedes, en cambio —almas puras, nobles y rebosantes de amor— se han quedado con la dificilísima tarea de odiarme diariamente mientras intentan convencer a los demás de que el obsesionado soy yo.
Prometo esforzarme por ser una mejor persona… aunque, sinceramente, no creo conseguirlo. Me divierte demasiado ser el villano de sus tristes vidas, sobre todo porque ni siquiera tengo que buscarlos: ustedes vienen solos a dedicarme su tiempo, su energía y sus lágrimas.
