Hay personas que se van haciendo discurso de dignidad, como si hubieran cerrado una etapa por principios muy elevados.
Luego pasan por otros lugares, buscan foco, no lo consiguen, se dan cuenta de que nadie les puso alfombra roja, y de pronto recuerdan el sitio al que “jamás iban a volver”.
Entonces regresan, pero no dicen: “volví porque necesito atención”. Se cuelgan de cualquier pretexto viejo, de cualquier drama ajeno, de cualquier fantasma de hace años, y lo usan como escudo moral para que el regreso parezca postura y no hambre de reflector.
Es como alguien que abandona un teatro diciendo que le da asco el escenario, pero vuelve apenas escucha que alguien pronunció su nombre desde la última fila.
Al final, ciertas despedidas no eran dignidad.
Solo eran berrinches esperando público.