Es fascinante analizar ciertos patrones de comportamiento y dependencia en internet; a veces parece un estudio sociológico en tiempo real. Todo esto me recuerda mucho al clásico invitado tóxico en una fiesta que hace un berrinche monumental, grita que se va para siempre porque necesita 'paz' y cierra la puerta con un portazo dramático esperando que todos le rueguen.
Pero como la necesidad de atención es una adicción más fuerte que la voluntad, no aguanta ni 24 horas lejos. En lugar de irse y sostener su palabra, se pone unos lentes oscuros y un bigote falso de 1 luka para volver a colarse por la puerta de atrás, jurando que nadie se da cuenta de que es la misma persona escondida en la esquina. Luego se va un par de días a la fiesta del vecino de enfrente para ver quién le aplaude allá, y cuando se cansa de la farsa, simplemente se quita el disfraz y vuelve a entrar por la puerta principal de la primera fiesta, actuando como si su gran discurso de despedida nunca hubiera existido.
Es increíble ver cómo hay personas que terminan siendo prisioneras de sus propios teatros virtuales. No pueden soltar la compulsión ni el drama porque, si apagan la pantalla, tendrían que lidiar con su propia realidad, y eso es lo que más les aterra.